viernes, 9 de enero de 2015

Ayotzinapa: Palabra, fotografía e Instalación como denuncia y memoria recientes.


Nombrar a los desaparecidos para combatir el olvido ha sido una práctica de resistencia en las historias recientes de los pueblos indígenas y no indígenas que siguen sufriendo ataques selectivos y desapariciones forzadas. Hoy sabemos que es necesario alzar la voz de inmediato, no solo mediante la palabra oral o escrita, sino en todas sus formas: como acción, como imagen y mediante la utilización de los nuevos medios.
En relación a la más reciente desaparición de 43 jóvenes estudiantes normalistas de la Normal Rural Isidro Burgos, ubicada en Ayotzinapa[1], en su mayoría indígenas, en el estado de Guerrero, México; los zapatistas pidieron a los padres de los jóvenes que decidieron recorrer el país en demanda de la verdad y la justicia: “no dejen caer su palabra./ No la dejen caer./ No la desmayen,/ Háganla crecer para que se levante por encima del ruido y la mentira./ No la abandonen porque en ella anda no sólo la memoria de sus muertos y desaparecidos, también camina la rabia de quienes abajo son ahora para que los de arriba sean…” (Subcomandante Moisés, 2014). 
A la palabra de los padres y familiares de los estudiantes desaparecidos, se han sumado las voces de estudiantes y sociedad civil de todo el mundo, así como una abundante producción de acciones y carteles que responden a la premura del tiempo y que sin embargo, en algunos de ellos, desde nuestro particular punto de vista, se pueden identificar elementos artísticos, destaco dos:



La primera es una instalación realizada por estudiantes universitarios quienes colocaron en el patio de su facultad 43 pupitres sobre los que colocaron las fotografías de cada uno de los normalistas desaparecidos. Se trata de una instalación cuya fuerza radica en su sencillez, en la utilización de dos elementos que contienen una carga semántica que habla por sí misma: pupitres escolares y fotografías, añadirle algo más solamente le restaría potencia al mensaje. La simbólica instalación ha sido replicada en diferentes lugares (en las recientes comparticiones del Primer Festival Mundial de las Resistencias y las Rebeldías realizadas en las diferentes sedes fue una constante, aunque en el lugar de las fotografías, utilizaron 43 números).



La fotografía por sí misma es un testimonio de que un hecho tuvo lugar, de que esa persona existió-existe, de que ya no está donde debiera, y de que tiene una familia que la espera. La fotografía como testimonio de la existencia real de personas desaparecidas (que no ausentes, porque se les arrebató de sus hogares de forma forzada y se desconoce su destino, lo cual desgarra a la familia, a una sociedad entera) es, por desgracia, un recurso cada vez más utilizado. Sobre esto Nelly Richard señala:
“…El álbum fotográfico es, tradicionalmente, el soporte ritual de una composición de grupo que se basa en la familia como principal unidad narrativa. Exhibir en la calle estas fotos arrancadas del álbum que muestra a sujetos arrancados de sus familias, tal como lo hacen los familiares de desaparecidos: desviar estas fotos de su ritualidad privada para convertirlos en activo instrumento de protesta pública, permite también comprobar que lo “nacional” —extensión simulada de lo “familiar”— no es sino una parodia de unidad hecha de cuerpos lesionados y de identidades truncadas…” (Richard, 2006:168). 
Historias que se repiten. Si bien Richard se refiere a los miles de desaparecidos durante la dictadura de Augusto Pinochet en Chile, sus reflexiones pueden ser aplicadas a los casos de detenidos-desaparecidos que desde entonces hasta ahora se multiplican en Latinoamérica y el mundo. La instalación a la que nos referimos no fue reivindicada como una obra de arte a pesar de lo cual expresa la creatividad que los jóvenes universitarios en particular, y el movimiento social en general han demostrado desde la segunda década del siglo XX. Fotografía y silueta siguen siendo un testimonio vivo de existencia. Observar el rostro del desaparecido llevó a mucha gente en Argentina a enterarse de que sus compañero(a)s, sus amigo(a)s habían sido arrancados de la tibieza de su hogar. A muchas madres y familiares de otro(a)s desaparecido(a)s los animó a sumarse a las primeras iniciativas de denuncia y protesta. Los rostros dicen mucho de la persona, quizá por esta razón los verdugos de los normalistas de Ayotzinapa, después de torturar y asesinar al joven Julio César Mondragón, lo arrojaron a la calle con el rostro desollado y sin ojos, querían borrar su huella pero querían también y sobre todo, que todo mundo se enterara de lo que puede sucederle a los desobedientes.
“los rostros de los detenidos-desaparecidos (...) llevan impresos estos sometimientos fotográficos y corporales al dispositivo del control social que, después de identificarlos y vigilarlos, se dedicó a borrar toda huella de identificación para que la violencia no dejara rastro de ejecución material ni huella de autoría”. (Richard, op cit: 167).
Algo sumamente preocupante es que en el caso que Richard analiza, estas detenciones-desapariciones, este identificar y vigilar, este borrar toda huella de identificación para no dejar rastro, se estaba dando en un régimen dictatorial. El caso de los estudiantes detenidos-desaparecidos de Ayotzinapa, Guerrero, México, se da en una aparente democracia que sin embargo muestra cada vez más los inhumanos rasgos de una dictadura.
El otro ejemplo es el cartel No sólo es Ayotzinapa, en el que se observa el grito de una joven cuyo rostro se encuentra enmarcado, siguiendo el volumen de su cabellera, por contundentes datos sobre los diversos ataques que las fuerzas de seguridad federales han realizado sobre la población inerme a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI [2]. Al igual que en el caso anterior, el mensaje se envía mediante una economía de recursos visuales que hablan más que el discurso oral. Con este recurso visual, el grito y el mensaje emitido adquieren una resonancia internacional puesto que la imagen ha circulado ya por las redes sociales. Un rostro anónimo de una joven que podría ser el de cualquier persona en cualquier parte del mundo que demanda justicia, hoy que la criminalización de la juventud está de moda en el orbe.
   
                               
Arte, Palabra y Memoria son conceptos que van estrechamente ligados cuando hablamos de pueblos sometidos, pues es a través de la palabra materna en todas sus formas: oral, glífica, sígnica, escrita, declamada, cantada, bailada, coloreada; que se mantiene la memoria histórica y la identidad cultural de los pueblos. De ahí que cuando ha sido necesario hacerlo, la palabra se ha guardado cuidadosamente en la intimidad de la familia o grupo social para hacerla surgir y sonar cuando llega el momento preciso de elevarla, de hacerla escuchar y tal vez retumbar. "Hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia", argumentaba con toda razón José Saramago en su conferencia “De la sombra a la luz” (2005). De ahí el valor que dan a la palabra los pueblos originarios mediante la tradición oral que han mantenido viva su memoria ancestral, no en vano el señor universal entre los aztecas era llamado huey tlatoani (gran orador).




[1] Ayotzinapa en una oblación de origen náhuatl, ubicada en el estado de Guerreo, cuyo nombre significa: río de calabacitas. Entre la noche del 26 y el día 27 de septiembre de 2014, los jóvenes normalistas que se dirigían a conmemorar la masacre estudiantil de 1968; fueron interceptados y atacados por las fuerzas policiales y el ejército mexicano,  coludidos con el crimen organizado, dejando un saldo de 6 muertos y 43 desaparecidos. No es la primera vez que sucede un acto así, las normales rurales son constantemente agredidas. Abraham A. Rasgado Gonzáles hace un excelente resumen titulado “¿A dónde irán nuestrosnormalistas?” publicado en su blogg, en diciembre de 2013, cuando fueron asesinados 3 estudiantes de la misma normal de Ayotzinapa.
[2] Para ampliar la información sobre este tema, se puede leer el artículo de Raúl Jardón, “La represión en México: 1950-1971”, en Rebeldía num. 2. pp. 57-65. Sobre el papel de artista y estudiantes en el movimiento estudiantil de 1968 en México, consultar: La gráfica del 68. Homenaje al movimiento estudiantil, realizado por el Grupo Mira.

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