Nombrar a los
desaparecidos para combatir el olvido ha sido una práctica de resistencia en
las historias recientes de los pueblos indígenas y no indígenas que siguen
sufriendo ataques selectivos y desapariciones forzadas. Hoy sabemos que es
necesario alzar la voz de inmediato, no solo mediante la palabra oral o escrita,
sino en todas sus formas: como acción, como imagen y mediante la utilización de
los nuevos medios.
En relación a la más
reciente desaparición de 43 jóvenes estudiantes normalistas de la Normal Rural Isidro
Burgos, ubicada en Ayotzinapa[1],
en su mayoría indígenas, en el estado de Guerrero, México; los zapatistas
pidieron a los padres de los jóvenes que decidieron recorrer el país en demanda
de la verdad y la justicia: “no dejen caer su palabra./ No la dejen caer./ No
la desmayen,/ Háganla crecer para que se levante por encima del ruido y la
mentira./ No la abandonen porque en ella anda no sólo la memoria de sus muertos
y desaparecidos, también camina la rabia de quienes abajo son ahora para que
los de arriba sean…” (Subcomandante Moisés, 2014).
A la palabra de los padres y familiares de los estudiantes desaparecidos, se han sumado las voces de estudiantes y sociedad civil de todo el mundo, así como una abundante producción de acciones y carteles que responden a la premura del tiempo y que sin embargo, en algunos de ellos, desde nuestro particular punto de vista, se pueden identificar elementos artísticos, destaco dos:
A la palabra de los padres y familiares de los estudiantes desaparecidos, se han sumado las voces de estudiantes y sociedad civil de todo el mundo, así como una abundante producción de acciones y carteles que responden a la premura del tiempo y que sin embargo, en algunos de ellos, desde nuestro particular punto de vista, se pueden identificar elementos artísticos, destaco dos:
La primera es una
instalación realizada por estudiantes universitarios quienes colocaron en el
patio de su facultad 43 pupitres sobre los que colocaron las fotografías de
cada uno de los normalistas desaparecidos. Se trata de una instalación cuya fuerza radica en su sencillez, en la
utilización de dos elementos que contienen una carga semántica que habla por sí
misma: pupitres escolares y fotografías, añadirle algo más solamente le
restaría potencia al mensaje. La simbólica instalación ha sido replicada en diferentes lugares (en las recientes comparticiones del Primer Festival Mundial de las Resistencias y las Rebeldías realizadas en las diferentes sedes fue una constante, aunque en el lugar de las fotografías, utilizaron 43 números).
La fotografía por sí misma es un testimonio de
que un hecho tuvo lugar, de que esa persona existió-existe, de que ya no está
donde debiera, y de que tiene una familia que la espera. La fotografía como
testimonio de la existencia real de personas desaparecidas (que no ausentes, porque se les arrebató de sus
hogares de forma forzada y se desconoce su destino, lo cual desgarra a la
familia, a una sociedad entera) es, por desgracia, un recurso cada vez más utilizado. Sobre esto Nelly
Richard señala:
“…El álbum fotográfico es, tradicionalmente, el
soporte ritual de una composición de grupo que se basa en la familia como
principal unidad narrativa. Exhibir en la calle estas fotos arrancadas del
álbum que muestra a sujetos arrancados de sus familias, tal como lo hacen los
familiares de desaparecidos: desviar estas fotos de su ritualidad privada para
convertirlos en activo instrumento de protesta pública, permite también
comprobar que lo “nacional” —extensión simulada de
lo “familiar”— no es sino una parodia de unidad hecha de cuerpos lesionados y
de identidades truncadas…” (Richard, 2006:168).
Historias que se repiten. Si bien Richard
se refiere a los miles de desaparecidos durante la dictadura de Augusto
Pinochet en Chile, sus reflexiones pueden ser aplicadas a los casos de
detenidos-desaparecidos que desde entonces hasta ahora se multiplican en
Latinoamérica y el mundo. La instalación a la que nos referimos no fue
reivindicada como una obra de arte a pesar de lo cual expresa la creatividad
que los jóvenes universitarios en particular, y el movimiento social en general
han demostrado desde la segunda década del siglo XX. Fotografía y silueta
siguen siendo un testimonio vivo de existencia. Observar el rostro del
desaparecido llevó a mucha gente en Argentina a enterarse de que sus
compañero(a)s, sus amigo(a)s habían sido arrancados de la tibieza de su hogar.
A muchas madres y familiares de otro(a)s desaparecido(a)s los animó a sumarse a
las primeras iniciativas de denuncia y protesta. Los rostros dicen mucho de la
persona, quizá por esta razón los verdugos de los normalistas de Ayotzinapa,
después de torturar y asesinar al joven Julio César Mondragón, lo arrojaron a
la calle con el rostro desollado y sin ojos, querían borrar su huella pero
querían también y sobre todo, que todo mundo se enterara de lo que puede
sucederle a los desobedientes.
“los rostros de los
detenidos-desaparecidos (...) llevan impresos estos sometimientos fotográficos
y corporales al dispositivo del control social que, después de identificarlos y
vigilarlos, se dedicó a borrar toda huella de identificación para que la violencia
no dejara rastro de ejecución material ni huella de autoría”. (Richard, op cit:
167).
Algo sumamente preocupante es que en el
caso que Richard analiza, estas detenciones-desapariciones, este identificar y
vigilar, este borrar toda huella de identificación para no dejar rastro, se
estaba dando en un régimen dictatorial. El caso de los estudiantes
detenidos-desaparecidos de Ayotzinapa, Guerrero, México, se da en una aparente
democracia que sin embargo muestra cada vez más los inhumanos rasgos de una dictadura.
El otro ejemplo es el
cartel No sólo es Ayotzinapa, en
el que se observa el grito de una joven cuyo rostro se encuentra enmarcado,
siguiendo el volumen de su cabellera, por contundentes datos sobre los diversos
ataques que las fuerzas de seguridad federales han realizado sobre la población
inerme a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI [2].
Al igual que en el caso anterior, el mensaje se envía mediante una economía de
recursos visuales que hablan más que el discurso oral. Con este recurso visual,
el grito y el mensaje emitido adquieren una resonancia internacional puesto que
la imagen ha circulado ya por las redes sociales. Un rostro anónimo de una
joven que podría ser el de cualquier persona en cualquier parte del mundo que
demanda justicia, hoy que la criminalización de la juventud está de moda en el
orbe.
Arte, Palabra y
Memoria son conceptos que van estrechamente ligados cuando hablamos de pueblos
sometidos, pues es a través de la palabra materna en todas sus formas: oral,
glífica, sígnica, escrita, declamada, cantada, bailada, coloreada; que se
mantiene la memoria histórica y la identidad cultural de los pueblos. De ahí
que cuando ha sido necesario hacerlo, la palabra se ha guardado cuidadosamente
en la intimidad de la familia o grupo social para hacerla surgir y sonar cuando
llega el momento preciso de elevarla, de hacerla escuchar y tal vez retumbar. "Hay
que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza
por el olvido y se termina en la indiferencia", argumentaba con toda razón
José Saramago en su conferencia “De la sombra a la luz” (2005). De ahí el valor
que dan a la palabra los pueblos originarios mediante la tradición oral que han
mantenido viva su memoria ancestral, no en vano el señor universal entre los
aztecas era llamado huey tlatoani
(gran orador).
[1] Ayotzinapa
en una oblación de origen náhuatl, ubicada en el estado de Guerreo, cuyo nombre
significa: río de calabacitas. Entre la
noche del 26 y el día 27 de septiembre de 2014, los jóvenes normalistas que se
dirigían a conmemorar la masacre estudiantil de 1968; fueron interceptados y
atacados por las fuerzas policiales y el ejército mexicano, coludidos con el crimen organizado,
dejando un saldo de 6 muertos y 43 desaparecidos. No es la primera vez que
sucede un acto así, las normales rurales son constantemente agredidas. Abraham
A. Rasgado Gonzáles hace un excelente resumen titulado “¿A dónde irán nuestrosnormalistas?” publicado en su blogg, en diciembre de 2013, cuando fueron
asesinados 3 estudiantes de la misma normal de Ayotzinapa.
[2] Para ampliar la información sobre este tema, se puede leer
el artículo de Raúl Jardón, “La represión en México: 1950-1971”, en Rebeldía
num. 2. pp. 57-65. Sobre el papel de
artista y estudiantes en el movimiento estudiantil de 1968 en México,
consultar: La gráfica del 68. Homenaje al movimiento estudiantil, realizado por el Grupo Mira.



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