Ser joven
y no ser revolucionario
es una contradicción hasta biológica.
Salvador Allende.
De teatro no sé nada. Como nada sé de
cine ni de música. Me confieso neófita en esas disciplinas artísticas. Sin
embargo, mi ignorancia sobre ellas no me impiden distinguir cuando me encuentro ante una obra teatral,
un concierto o una cinta que valen su peso en oro. Sé valorar una buena puesta
en escena y el trabajo actoral que
no necesita de tantos artilugios para hacer que el público se sumerja de
lleno en la obra que se representa. Este domingo 6 de octubre tuve la oportunidad de disfrutar de Allende, noche de septiembre, obra teatral dirigida por Pablo Casals y escrita
por Luis Barrales, que recrea de manera muy libre lo que pudo haber sucedido
durante la noche previa al golpe de Estado de Pinochet contra el gobierno
democrático de Allende y que es una de esas obras.
Al apagarse las luces y aparecer el
escenario, se puede ver una especie de terraza en un jardín, y en la
semioscuridad, al fondo del lado derecho frente al espectador un hombre con la
guitarra en la mano. Con las primeras notas musicales empieza la magia de la
música interpretada con maestría como marco perfecto para la entrada en escena
de los actores.
Con las excelentes actuaciones de Rolo
Pulgar que da vida a un Salvador Allende totalmente humano que como humano
refleja sus debilidades, sus temores, sus convicciones y su buen humor para
enfrentar una situación ya inevitable. Patricia Rivadeneira por su parte, asume
el papel de Miria, “mi cerebro”, según las palabras que durante la obra
pronuncia "el compañero presidente Allende". Y por otro lado el trabajo de
Monserrat Estévez, que da vida a Tati, la hija y los “ojos” de Allende.
Están también las actuaciones magistrales
de Mario Lorca, un líder masón, Juan Pablo Miranda (un integrante del GAP) y
Matías Jordán un sencillo pero convencido y fiel ayudante de Allende "sus manos".
La magia que inició con los acordes de la
guitarra, continúa a lo largo de la obra que pasa de los momentos dramáticos al
sentido del humor, que mezcla los hipotéticos acontecimientos de esa noche en
el año 1973, con los hechos que en su momento no se conocían y que la historia
ha develado. Momentos que hacen irremediablemente que las lágrimas corran por
las mejillas antes de secarlas discretamente, pero que también provocan la risa
franca por el humor que en medio del drama aparece con mucha frecuencia.
No cabe duda. Un buen trabajo actoral es
capaz de llenar en su totalidad la casi hora y media en que se desarrolla la
obra. Y qué duda cabe, también, de que a 40 años es más que necesario hablar
de todo eso que el terror quiso borrar y el temor ha impedido que aflore.
Enhorabuena a este Chile que se encuentra en pleno renacer y que ha comenzado
ya desde 2011 (tal vez antes) a sacudirse el miedo y a expresarse.


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