martes, 8 de octubre de 2013

Salvador Allende revive en el Teatro para reivindicar su convicción democrática.


Ser joven 
y no ser revolucionario 
es una contradicción hasta biológica.
Salvador Allende. 

De teatro no sé nada. Como nada sé de cine ni de música. Me confieso neófita en esas disciplinas artísticas. Sin embargo, mi ignorancia sobre ellas no me impiden distinguir  cuando me encuentro ante una obra teatral, un concierto o una cinta que valen su peso en oro. Sé valorar una buena puesta en escena y el trabajo actoral que  no necesita de tantos artilugios para hacer que el público se sumerja de lleno en la obra que se representa. Este domingo 6 de octubre tuve la oportunidad de disfrutar de Allende, noche de septiembre, obra teatral dirigida por Pablo Casals y escrita por Luis Barrales, que recrea de manera muy libre lo que pudo haber sucedido durante la noche previa al golpe de Estado de Pinochet contra el gobierno democrático de Allende y que es una de esas obras.
Al apagarse las luces y aparecer el escenario, se puede ver una especie de terraza en un jardín, y en la semioscuridad, al fondo del lado derecho frente al espectador un hombre con la guitarra en la mano. Con las primeras notas musicales empieza la magia de la música interpretada con maestría como marco perfecto para la entrada en escena de los actores.
Con las excelentes actuaciones de Rolo Pulgar que da vida a un Salvador Allende totalmente humano que como humano refleja sus debilidades, sus temores, sus convicciones y su buen humor para enfrentar una situación ya inevitable. Patricia Rivadeneira por su parte, asume el papel de Miria, “mi cerebro”, según las palabras que durante la obra pronuncia "el compañero presidente Allende". Y por otro lado el trabajo de Monserrat Estévez, que da vida a Tati, la hija y los “ojos” de Allende.
Están también las actuaciones magistrales de Mario Lorca, un líder masón, Juan Pablo Miranda (un integrante del GAP) y Matías Jordán un sencillo pero convencido y fiel ayudante de Allende "sus manos".
La magia que inició con los acordes de la guitarra, continúa a lo largo de la obra que pasa de los momentos dramáticos al sentido del humor, que mezcla los hipotéticos acontecimientos de esa noche en el año 1973, con los hechos que en su momento no se conocían y que la historia ha develado. Momentos que hacen irremediablemente que las lágrimas corran por las mejillas antes de secarlas discretamente, pero que también provocan la risa franca por el humor que en medio del drama aparece con mucha frecuencia.
No cabe duda. Un buen trabajo actoral es capaz de llenar en su totalidad la casi hora y media en que se desarrolla la obra. Y qué duda cabe, también, de que a 40 años es más que necesario hablar de todo eso que el terror quiso borrar y el temor ha impedido que aflore. Enhorabuena a este Chile que se encuentra en pleno renacer y que ha comenzado ya desde 2011 (tal vez antes) a sacudirse el miedo y a expresarse.

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